"¿Quiénes son mis contemporáneos?- se pregunta Juan Gelman.
Juan dice que a veces se cruza con hombres que huelen a miedo, en Buenos Aires, París o donde sea, y siente que esos hombres no son sus contemporáneos. Pero hay un chino que hace miles de años escribió un poema, acerca de un pastor de cabras que está lejísimos de la mujer amada y si embargo puede escuchar, en medio de la noche, en medio de la nieve, el rumor del peine de su pelo; y leyendo ese remoto poema, Juan comprueba que sí, que ellos sí: que ese pastor y esa mujer son sus contemporáneos." Eduardo Galeano
“Los caminos de Dios son insondables”, leí en alguna parte. Y como nosotros somos una partecita de ese Dios, según algunos, y somos nuestros propios dioses, perfectos con todas nuestras imperfecciones, según me gusta creer, nuestros caminos y vericuetos también lo son. Sólo que tenemos la sospecha de que ese Dios, que a veces pensamos tan externamente a nosotros, tiene todo bien pensado para nuestras vidas. Claro, él estaría viendo el tablero de juego desde arriba. Sabe las coordenadas, ve los lugares en que nos cruzamos... y nosotros, a algunos de esos caminos los vamos teniendo claros, de tanto repetir el juego; pero hay circunstancias que no dejan de asaltarnos y sorprendernos. Nuestros "rollos" internos yacen tan escondidos en ocasiones, que al parecer lo Divino viene a nuestro encuentro para ayudarnos a desmadejarlos. Y la magia se hace presente.
Digo Dios como podría decir Espíritu, Ser Superior, Energía... hablo de ese halo invisible que nos da vida y razón, que nos nubla la vista cuando ciertas emociones nos sorprenden flojos, que nos estruja el estómago ante una situación que nos supera, que nos sonroja, que nos eriza la piel cuando algo nos toca el alma... que nos sostiene en la noche más oscura, que nos muestra lo valientes que podemos ser en las peores circunstancias, que le da el brillo a nuestra mirada, que inspira nuestras canciones más queridas y nuestros poemas más recitados.
Viviendo compruebo que no hay edad para cambiar, que las oportunidades existen siempre, que debo seguir aprendiendo a no juzgar al prójimo, que el prójimo soy yo, mi espejo. Que detrás de cada encuentro, o de cada problema hay una razón: el regalo oculto. Que está bueno el hacerse expertos en desenvolver regalos! Que siempre son regalos de alivio, aun cuando creíamos no necesitarlo.
Pienso que estamos hechos de partecitas. Llevamos en la memoria de nuestros cuerpos al niño, al adolescente, al joven que fuimos... y seguramente alguno de ellos tenga algo que necesita ser reparado, perdonado... sanado o reconocido. Hacia el final de la vida deberíamos haber logrado juntar todas esas partes. Conjugarlas armónicamente debería ser la culminación de las experiencias vividas. Algo parecido a la sabiduría.
Mientas tanto, aun cuando pensemos que “la tenemos clara”, aunque repitamos una y mil veces el rosario de nuestros entendimientos, de cosas reflexionadas, analizadas... cuando aparece alguna instancia inesperada que nos remueve el presente, que nos sacude el tablero... y nos obliga a pasar de nuevo por el cedazo a personas, recuerdos y circunstancias, tenemos frente a nosotros la oportunidad de recibir el regalo oculto. Éste se hace presente (justamente la palabra “presente” significa “regalo”) cuando algo en nuestra vida debe dar un vuelco, tomar otra dirección. Cuando debemos decidir algo. Cuando estamos demasiado atados a cierta idea del pasado o capricho del presente que no nos permite dar un paso hacia nuestra evolución.
De pronto me vino a la memoria una imagen de Navidad, allá lejos y hace tiempo (o recién, o ahora; ya casi no manejo el tiempo lineal) cuando nos escondían los regalos por la casa y debíamos buscarlos. Quizá allí, tempranamente, empecé con este ejercicio aliviador, sanador me gusta más, que me ha ayudado a ir desmadejando las circunstancias de mi vida, eligiendo mis propias hebras para luego crear mi tapiz personal. A veces ese camino ha sido solitario, otras, he contado con otro par de brazos compañeros que me han ayudado para el hilado... pero lo importante es tener claro que los artesanos somos nosotros mismos. Yo cada vez lo tengo más claro y sé que siempre es solo el principio, pero no importa, es parte del juego.
Y es un alivio grande el no echar culpas a nadie, hacerme cargo, atreverme a mirarme de frente a mí misma y aprender a amarme como soy, con las inmensas posibilidades que albergo en mi interior, con mis luces y mis sombras... con cada vez más luces que sombras. Es posible. Lo sé. Y sé que voy por buen camino cuando me encuentro cómoda ante las presencias y ante las ausencias. Cuando me siento parte y no tan aparte. Cuando dejo fluir esta necesidad de compartir y no me pongo trabas. Cuando entiendo que ocuparme de mí es ocuparme de los demás y viceversa.
domingo, 15 de febrero de 2009
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