lunes, 22 de diciembre de 2008

Acerca de los discapacitados o diferentes, acerca de nosotros

Mucho se habla acerca de este tema en los medios de difusión. Mucho más que antes al menos. Y es a partir de allí que comienzan a circular y comenzamos a adoptar frases que repetimos como mantras reemplazando términos anteriores que comienzan a sonar no muy simpáticos, que no son agradables o “inclusivos”, esta última palabra muy de moda últimamente.
Con los avances y cambios en los métodos o técnicas psicológicas para tratar y encarar estos temas seguimos, sin saberlo conscientemente, creando monstruos. Creamos demonios y ángeles según los términos o formas con que nos expresamos respecto de “los diferentes”, los de “capacidades distintas”, los “no videntes”, los que tienen “trastornos de polaridad”, o los dwon, los mogólicos o mongólicos, los retrasados mentales, los ciegos o los locos, los que tienen “problemas”.
Si ponemos atención, son sólo términos, palabras, los códigos que inventamos y adoptamos en forma de convención para intentar entendernos y, en teoría, comunicarnos mejor.
El gran tema parece ser qué hacemos más allá de hablar, informarnos, actualizarnos, discutir y hasta polemizar sobre esto. Me parece que el gran tema es Ser. Qué somos. No de qué lado de la vereda nos ponemos, si en el de los “malos”, los “discriminadores”, o en el de “los buenos”, “los abiertos”, los “inclusivos”.
Al parecer a todos nos gusta sentirnos buenos, mejores, amplios en nuestros criterios, compasivos, superados.
En el fondo tenemos miedo. Miedo de no ser queridos, de no ser agradables, de no encajar.
Todos somos capacitados. Todos somos iguales. Nacemos con las mismas posibilidades. La posibilidad de superación. La posibilidad de involución. La posibilidad de recibir ayuda y de no. La posibilidad de pedir o de no saber recibir. La posibilidad de vivir y de morir. La posibilidad de poder reír y amar, y dar amor a pesar de la imposibilidad de caminar o de ver o de hablar; la posibilidad de ver pero no saber mirar, la posibilidad de caminar pero no saber a dónde ir, la posibilidad de oír y no saber escuchar.
Desde este enfoque, todos somos iguales. Formamos parte de una gran red que necesita de cada una de sus hebras y de su trama para existir.
La compasión, la pena, la lástima por ese otro que en teoría tiene algo menos que yo porque lo veo distinto, inferior, diferente, con más dificultades… es un engaño. Es parte del sueño de que estamos separados. Nadie es más o menos que yo. Nadie.
Miedo, miedo, miedo. Miedo de mirarnos, de abrazarnos, de darnos. Miedo de parecernos demasiado o algo a ese otro que me da pena, lástima o bronca. Miedo de que me pase a mí. Como si el hecho de que lo esté viviendo ese otro ya no fuera mi experiencia también. Por algo lo estoy viendo, por algo me entero o entro en contacto aunque sea breve con esa persona o situación. No somos más perfectos y normales y debemos sentirnos agradecidos y mejores por el hecho de que existan otros que viven circunstancias más difíciles que las nuestras. Su desdicha o desgracia no nos hace mejores, más agraciados, más felices, más perfectos y normales… Somos perfectos todos, incluso con nuestras desdichas y nuestras desgracias, con nuestra belleza y nuestra fealdad, nuestras pobreza y nuestras riqueza y, si se tratara de agradecer (que dicho sea de paso es una sana costumbre), aun en cualquiera de esas circunstancias deberíamos ser capaces de hacerlo… y ver qué pasa.
Todos tenemos cosas que superar, o no.
Podemos elegir. Puedo elegir ver y mirar al otro, escucharlo, ayudarlo, hacer algo. Y puedo elegir juzgar, ver de afuera, sufrir de prestado, escuchar el noticiario, llenarme de información y no hacer otra cosa, sentir que no puedo hacer nada… Y estoy eligiendo. Nada está bien o mal. Todo simplemente Es. Bien y mal. Blanco y negro. Frío y calor. Yin y Yang.
Sería buenísimo que aprendiéramos a incluir, que seamos inclusivos, sí. Pero que empezáramos por nosotros. Todos somos nosotros. Si soy ciego no significa ser un dechado de virtudes por otra parte. Puedo ser malhumorado, irascible o soberbio. Y puedo ser ciego y ser simpático, amigable y positivo. El mundo no tiene que amarme más por el hecho de no poder ver con los ojos físicos, por ejemplo. El mundo debería amarme por el solo hecho de ser un ser vivo, habitante de esta tierra. Un Ser humano que también tiene capacidad de dar amor, o de no darlo.
Y aquí llegué a la clave: el Amor.
Alguna vez leí que lo opuesto al miedo es el Amor porque el odio es el equivalente al miedo.
Creo que el Amor no es opuesto a nada. Que el Amor lo incluye todo. El Amor es algo realmente superior que nos contiene con nuestras bondades y nuestras miserias. El Amor por sí solo es una especie de conciencia. Es lo que nos devuelve la inocencia y nos acerca al resto del mundo sin prejuicios, como un recién nacido. Porque quién se animaría a afirmar que un bebé, que no es en teoría consciente, no es capaz de emanar amor. La sensación que produce la manito de un bebé aferrando nuestro dedo… traspasa cualquier barrera racional. Podemos ponerle a ese hecho la etiqueta psicológica de “reflejo de …” lo que sea, pero aun así el efecto que es capaz de producir, la cantidad de humores y sensaciones positivas que es capaz de producir en otro ser humano ese simple “reflejo” solo puede ser generado por algo que llamamos Amor. Y aquí entraré en una aparente contradicción… porque sí digo que es un reflejo. El bebé refleja algo de nosotros. Es Amor en estado puro. Es nuestra esencia descontaminada que viene a recordarnos lo que somos, lo que hay en nuestro interior.
Mmmm, por eso es curioso escuchar o ver a algunas personas que afirman que no les gustan los bebés. O que no les llaman la atención. O que son feos. O que son todos iguales. Y es esto último lo más acertado, me parece. Sí, son todos iguales, como somos nosotros todos iguales! Y si no me dan ganas de mirar a un bebé, de entrar en contacto con él… quizás sea que no tengo muchas ganas de mirar mi esencia, de regocijarme con lo simple, de sacarme etiquetas, de sentirme frágil y hermoso otra vez. Quizá.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ela, qué precioso lo que he leído! me llena de paz leerte. Los bebés son como una luz que nos inunda, al igual que los animales y algunas personas; cuando no tienen ninguna intención más que estar a nuestro lado.
Un beso.
naná